Por Eduardo Alberola Royuela

Era una vasija en la que vivía el aceite inmerso en sus respetables tradiciones milenarias. Vivía amoldado a la pequeña parte del envase que ocupaba considerando suficientes sus pertenencias, sin más pretensiones ni ambiciones, sin tener ni un ápice de espíritu emprendedor y sin buscar el progreso en el maquinismo y la tecnología que ya impulsaba al resto del mundo.

En un momento de la historia, alguien decidió poner agua en la misma vasija, creándole un medio adecuado en el que pudiera desarrollarse. Ya las primera gotas, tal y como manda la física, ocuparon la parte de debajo de la vasija, entre lo que el aceite se reía: «¡Pobre infeliz agua que se conforma con la parte inferior, mientras yo permanezco encima!». Además, el aceite las vilipendiaba y ofendía, burlándose de su origen y su medio de vida, con lo que el agua cada vez se cabreaba más e iba sintiendo la necesidad de repartir la vasija separándose definitivamente del aceite.

Las gotas de agua fueron laboriosas, tenaces y emprendedoras, por lo que internamente el agua fue creciendo de tamaño conforme iban llegando más y más nuevas gotas. El agua estaba creando riqueza y eso le gustó mucho al aceite, porque como estaba por encima, atenazando, conseguía sacar un buen bocado llevándose casi toda la vianda de lo que generaban las gotas que vivían en la parte de abajo.

El aceite, en definitiva, aunque despreciaba la transparencia del agua y lo bien que se acoplaban otras gotas con las ya existentes, formando un cuerpo sin distinciones, las aceptaba El aceite, en definitiva, aunque despreciaba la transparencia del agua y lo bien que se acoplaban otras gotas con las ya existentes, formando un cuerpo sin distinciones, las aceptaba como un mal menor sobre las que descansar y de las que recibir el sustento al que no estaba dispuesto a renunciar.

Con el devenir de los años, las gotas de agua cada vez eran más, y tanto crecía el agua, que el aceite, que en un principio creía estar bien resguardado en su vasija, comenzó a sentir el peligro, tanto de tener que repartir el envase como de poder ser desalojado del recipiente. El peligro no era irreal, no. Las gotas de agua habían decidido que ya estaban cansadas de tener al aceite siempre por encima sin dejarles moverse a su libre voluntad. Por eso habían pedido que la vasija se repartiese entre el agua y el aceite y, así, ambos poder tomar el aire directamente sin tener que pasar el uno por el territorio del otro. Era una buena solución según pensaban las gotas de abajo, pero el aceite, que siempre había estado arriba no opinaba lo mismo. No porque la solución fuese buena o mala, sino porque venía a alterar lo que había sido siempre la historia de esa vasija desde que llegó el agua y porque le quitaba la base en la que plácidamente dormitaba. Si partían la vasija, el aceite tendría que descender a nivel del suelo y tratar de crecer por sí mismo sin posibilidad de que fuese el agua quien lo aguantase y elevase.

El plan concebido por el aceite para cortar las ansias del agua se presentaba como infalible. Para llevarlo a cabo pidió ayuda externa a la vasija y, además, ofreció cargos de mando, pero bajo su dependencia, a gotas de agua que se habían estropeado y habían perdido su claridad y pureza original. Hizo traer unas potentes varillas pasteleras y ordenó agitar el contenido del recipiente donde vivía, con la intención de juntar los dos líquidos. Los primeros instantes fueron de júbilo en la zona del aceite, pero nada más parar de moverse las varillas, cada cual volvió a su espacio físico, volviéndose a establecer la frontera entre agua y aceite. Entonces, el aceite pidió la intervención de la jefatura general de las vasijas de la comunidad autónoma, la cual desplazó una gran batidora. Puesto en marcha el artilugio, bien es cierto que conseguía marear un poco la línea que separaba el agua del aceite, pero en cuanto paró sus afiladas cuchillas, se formó rauda de nuevo la línea que separaba ambos líquidos.

Todas estas operaciones para evitar el reparto de la vasija, habían supuesto un gran desgaste para el aceite, que con tanto dar vueltas, había perdido sus propiedades naturales y se había vuelto rancio, muy rancio. Mientras tanto, todo el calor que se había aplicado al agua a base de giros y giros con los que pretendían mezclarlo con el aceite sumado a la cólera que ello había despertado, hizo que ésta aumentase tanto de tamaño y que creciese con tanta fuerza, que llegó a ocupar la totalidad de la vasija sacando de ella al aceite que, conforme se derramaba desaparecía entre la tierra.

MORALEJA: Más vale repartir la vasija, que al final te tiren de ella.