Recuperamos este fin de semana largo (para que tengáis tiempo de leerlo con calma) un excelente artículo publicado en la revista ‘El Temps’ con motivo del pleno de la segregación. Comprobaréis que, a pesar del tiempo transcurrido, el texto no ha perdido un ápice de su interés y continúa siendo fiel reflejo de la realidad actual.

La capital del Camp de Morvedre, cuna de la romanización del País Valencià y núcleo económico de primera magnitud gracias al puerto, puede tener los días contados. Sagunto asiste, perpleja e insolente, a los intentos de una parte de la población, la que reside en El Puerto, por segregarse. Razones econó- micas, sociales y demográficas explican un conflicto que parece haber llegado al punto de no retorno.

Sobre el mapa, la distancia que separa el núcleo antiguo de Sagunto y el núcleo urbano constituido alrededor de su puerto es poco más de 3,5 km. Sobre el terreno, en cambio, la distancia que separa unos y otros va mucho más allá de aquello meramente espacial, hasta el punto que es posible que el forastero crea pisar poblaciones diferentes. Porque hoy los 132 km² de que consta este municipio son el escenario de un estira y afloja del cual depende la integridad de la ciudad. A un lado la cuerda, y estirando cada día más fuerte, aquellos que piensan que Sagunto, una ciudad que este último siglo ha crecido en dos núcleos poblacionales muy diferentes, tendría que dividirse en dos partes independientes. Al otro lado, y resistiendo la estirada segregacionista, aquellos incapaces de concebir una amputación que, a su entender, desangraría económicamente, culturalmente e históricamente la capital del Camp de Morvedre.

Las dos actitudes, a primera vista irreconciliables, quedarán escenificadas este mes, cuando el pleno del ayuntamiento discuta el expediente de segregación presentado por Segregación Porteña (SP), un partido político creado expresamente a partir de una plataforma ciudadana cívica, Iniciativa Porteña. El objetivo declarado es conseguir la independencia del núcleo de población que hay alrededor del puerto de Sagunto porque «el Puerto es hoy día una realidad concreta, un pueblo», por lo cual «necesitan dotarse de un ayuntamiento propio con sensibilidad porteña», según afirman en su carta de presentación. El expediente de segregación, el segundo que se presenta en los últimos cinco años (el primero fue rechazado por el consistorio municipal y la Generalitat, que tiene la última palabra) tiene el soporte de más de 16.000 vecinos del Puerto, que han encontrado en SP una manera de canalizar la desafección que durante años ha ido incubándose entre ambos núcleos de población. Votar este partido es la manera como los vikingos (nombre despectivo que los saguntinos dan a los habitantes del Puerto) o anells (por las anillas que llevaban los esclavos) tienen que vengarse de los romanos (por el pasado romano de la ciudad, simbolizada en su teatro) o pecholatas que viven 3,5 km tierra adentro. Por defenderse, SP propone dividir el término en dos partes. Al nuevo municipio  le correspondería el 25% del territorio, un a cifra irrisoria teniendo en cuenta que concentra toda la actividad portuaria e industrial de la actual ciudad. El municipio nuevo creado de la segregación se llamaría El Puerto, sin ninguna alusión a Sagunto, y el gentilicio para denominar a sus habitantes porteño.

Un Puerto con mayúsculas

El choque de trenes que este mes se vivirá en el consistorio municipal entre partidarios de la segregación y detractores no es producto de las veleidades transitorias de los partidarios de conseguir la autonomía total para los habitantes del Puerto. Todo y que las dos últimas campañas a favor de la segregación han estado convenientemente adobadas con tintes populistas, la explotación de tópicos ancestrales y lugares comunes peligrosamente inflamables, todo el mundo coincide que el desencuentro que hoy vive es la consecuencia de razones históricas, políticas sociales y económicas muy profundas. Durante toda la primera mitad del siglo XX, Sagunto y el Puerto fueron amueblando sus respectivas cámaras sin darse cuenta —o sin quererse dar— que las dos compartían piso y que algún día se encontrarían en el corredor. Y ahora, cuando finalmente han coincidido, se han dado cuenta que el estilo y el gusto de uno y el otro no son nada buenos de combinar.

El principio de esta historia está en el Sagunto del siglo XX. La capital del Camp de Morvedre, situada 5 km dentro respecto al Mediterráneo, a pesar de tener 13 km de costa, contaba entonces con poco más de 7.000 habitantes, la mayor parte de ellos dedicada a la agricultura. Sagunto vivía de espaldas al mar porque todo lo que necesitaba se lo daba la tierra. Esto fue así hasta que el 1.902 el empresario vasco Ramón de la Sota escogió Sagunto como punto de salida al mar del ferrocarril que explotaba en Teruel. En la mente de la Sota había la idea de construir unas instalaciones que, al lado del mar, se convertirían en un emporio, la Compañía Minera de Sierra Menera. Allí donde no más había una playa de guijarros, el empresario vasco promovió la construcción de una gran empresa, la Fábrica, tal como la continúan conociendo hoy día, germen de los altos hornos desmantelados en los años 80. El desarrollo de la Fábrica fue acompañado de una demanda creciente de mano de obra. Los saguntinos, acostumbrados a vivir de la agricultura que todavía resultaba rentable, giraron la espalda a de la Sota, cosa que propició la llegada en masa de inmigrantes procedentes del interior de la península. En pocos años, el Puerto de Sagunto se había convertido, por obra y gracia de de la Sota, en un foco de atracción para familias con pocos recursos venidos de Castilla-La Mancha, Castilla y León, Andalucía, Aragón o el interior del País Valencià. Fue a partir de aquel momento cuando la Fábrica pasó a convertirse en una especie de ayuntamiento en funciones, al acaparar todas las competencias que corresponderían a un  gobierno local. Alrededor de la empresa y gracias a sus dineros, se construyeron bloques de fincas, escuelas, centros sanitarios y todo aquello que hace que hoy el Puerto de Sagunto siga considerado uno de los mejores ejemplos de poblaciones fabriles de toda Europa. La asimilación llegó hasta el punto que la patrona de este núcleo es hoy la Virgen de Begoña, patrona tradicional ligada al País Vasco.

Mientras tanto, Sagunto se mantuvo al margen de todo aquello que pasaba junto  al Mediterráneo. El ayuntamiento, viendo que la Fábrica se convertía en una suerte de consistorio subsidiario, desatendió todo aquello que pasaba junto al mar, mientras los saguntinos observaban con cierto aire de superioridad el aluvión de nueva gente que asolaría la clase social que ellos habían conseguido gracias a las rentas que les proporcionaba la agricultura. Ellos a su faena y nosotros a la nuestra, parecía el pensamiento compartido por la mayoría de saguntinos. Debe ser esta conciencia colectiva y la inacción del ayuntamiento el foco de las tensiones que mueven perjuicios y resentimientos que hoy aparecen entre, sobre todo, los vecinos del Puerto contra los vecinos del centro histórico. Los cinco kilómetros que separaban un núcleo del otro —en un tiempo que los coches se podían contar con los dedos de las dos manos— lo redondeó. «(Los vecinos de Sagunto) nos decían “los de la aldea” o “la pequeña Rusia”», explica un jubilado que ha firmado a favor del expediente de segregación y que llegó a la Fábrica procedente  de Albacete hace ahora 55 años. «Que no digan que a nosotros nos acogió Sagunto, porque quien nos acogió fue la Fábrica», habla en castellano, lengua absolutamente mayoritaria al Puerto.

Sagunt dual

Rencores a banda, la diferencia de talante entre un núcleo y el otro ha hecho que Sagunto sea hoy una sociedad dual, con identidades colectivas condicionadas por pasados muy diferentes. «Puede parecer tópico, pero no lo es», explica el historiador saguntino Emilio Llueca, enemigo de la segregación, «pero en Sagunto hay dos maneras de pensar. En el núcleo antiguo tenemos una mentalidad agraria. El agricultor mira el cielo, guarda los dineros bajo el ladrillo y no gasta ni cinco porque es muy conservador. Por el contrario, en el Puerto hay predominio de una mentalidad industrial, dinámica. Viven el presente y el futuro». Llueca mantiene, no obstante, que esta diferencia «no es razón suficiente para sostener la división municipal», y que debería tener un valor añadido y no un motivo de disputa.

Esta dualidad de la que muchos hablan la constató el sociólogo Rafael L. Ninyoles en un estudio hecho hace diez años. Todo y el tiempo transcurrido desde hoy, sus conclusiones apuntan hacia diferencias sociológicas que pueden acabar fracturando la ciudad milenaria que, un día, sobrevivió a la destrucción cartaginesa. A la hora de hacer una autodescripción, los residentes en el núcleo histórico se califican de «gente conservadora-tradicional» o hasta «de pueblo»; mientras los vecinos del Puerto casi no dejan entrever connotaciones negativas propias y, a mucho estirar, se consideran desarraigados. Cuando se trata de adjetivar  a los vecinos, el estudio de Ninyoles apunta que para los habitantes del Puerto, el núcleo antiguo de Sagunto es un referente marcadamente negativo. Estas valoraciones explican en buena medida que la segregación tenga una aceptación mucho más grande entre los habitantes del Puerto que entre los saguntinos. Un 42,1% de la población entrevistada al Puerto se declaraba en 1998 partidaria de la segregación, mientras que esta era la opción preferida por no más de un 10,5% de vecinos de Sagunto. «Es una lucha absurda. Lo que importa es trabajar juntos porque dividir no aporta ningún beneficio», mantiene la periodista saguntina María José Picó, exponiendo una opinión muy extendida entre sus conciudadanos. Sea como sea, el resultado parece apuntar hacia una situación paradójica: si en el siglo XX fueron los saguntinos quienes dieron la espalda a los vecinos del Puerto, hoy se ha girado la tortilla y son los saguntinos quienes soportan el menosprecio de los que residen en el Puerto.

La demografía y la realidad económica han acercado a los habitantes del Puerto y a los defensores de las tesis segregacionistas. En treinta años, la industria ha ocupado el lugar de la agricultura como motor económico del País Valencià y ha posibilitado que la economía del Puerto de Sagunto sea mucho más dinámica que la del interior. El puerto de Sagunto, el segundo más importante del País Valencià y con una posición estratégica mucho más ventajosa que el de Valencia, ha atraído ya a Enagas o Toyota, entre más empresas, y espera que los gobiernos valenciano y español desarrollen Parc Sagunt II, un complejo industrial de 6 millones de metros cuadrados. Conseguida la autonomía económica y reafirmada la autoestima, ¿qué o quien podría parar la segregación? La orografía que favorece el asentamiento de la población en la plana costera, y no en el constreñido núcleo histórico, hace el resto. El año 2002, el municipio de Sagunto tenía 63.000 habitantes, de los cuales 38.000 vivían en el Puerto y 25.000 en la ciudad de Sagunto.

Ni la primera ni la última

El caso de Sagunto no es ni de lejos el primero ni el último de un municipio que se enfrenta a la aspiración de una parte de la población a segregarse. Durante estas últimas décadas se han registrado intentos de segregación constantes. La casuística es larga: núcleos que han ido formándose cerca de otros municipios que querían cambiar de ayuntamientos; núcleos que quieren segregarse porque han crecido y consideran que tienen entidad para formar un municipio (como San Antonio de Benagéber), en la comarca del Camp de Túria, que se independizó de Paterna en 1997; o nuevas realidades urbanas faltas de historia que han ido adquiriendo personalidad propia (como Ciudad Badía, en el Vallés Oriental, que se separó de Cerdañola y Barberá del Vallés). Causas aparte, si en alguna cosa coinciden estos casos es en la conflictividad política y social que han despertado. Han sido escasos los municipios dispuestos a permitir la amputación de una parte del territorio, más aún cuando la operación ha estado ejecutada por núcleos de población que permanecían como pequeñas pedanías subsidiarias en el imaginario colectivo. Fue el caso, por ejemplo, de la segregación de L’Ampolla respecto al Perelló, en el Baix Ebre, que mantuvo en conflicto las poblaciones de un núcleo y el otro en la década de los 80. «Bienvenidos a L’Ampolla si no sois del Perelló», decía un cartel a la entrada de la primera población a mitad del decenio. Las hostilidades solo acabaron cuando en 1989, la Generalitat, de mal grado, accedió a que L’Ampolla se independizara del Perelló. No ha sido menos conflictivo el intento —hasta ahora no consumado— de la pedanía de Fornells de segregarse de Mercadal, al norte de la isla de Menorca. Los segregacionistas llegaron hasta comparar Mercadal con «la gran Serbia» por la negativa a darles la independencia. Por contra, el alcalde del municipio acusaba a los partidarios de la segregación de movilizarse sólo por intereses urbanísticos. Actitudes aparte, hoy por hoy la decisión está en manos del Tribunal Supremo de Justicia (TSJ).

Fue precisamente este organismo judicial el que, por medio de una sentencia judicial de 1989, permitió que Salou y Vila-seca fueran municipios independientes. El TSJ satisfacía de esta manera a la población de Salou, hasta la década de los 60 un pequeño poblado a la orilla del mar que fue creciendo al calor del boom turístico. A mediados de los 80, Salou tenía una población consolidada de 15.000 habitantes, frente a los 3.000 de Vila-seca, con lo cual la segregación parecía inviable. La instalación de Port Aventura, a caballo de los nuevos términos municipales, añadía un ingrediente más a un proceso ya bastante obtuso y en el que muchos habitantes del Puerto de Sagunto se inspiran para defender su independencia.

Dual y esquizofrénica

Desde la llegada de la democracia, y todavía más a partir del desmantelamiento de los Altos Hornos del Mediterráneo en la década de los 80, el ayuntamiento ha tenido cuidado de poner fin a la inacción que hasta ese momento había manifestado hacia aquello que pasaba al Puerto. Con la desaparición de la Fábrica, y a la sombra de un renacimiento segregacionista sobrevolando el Camp de Morvedre, los gobiernos municipales han apostado por darle al Puerto el protagonismo que se merecía y hasta duplicar o trasladar servicios municipales, si bien este cambio de conducta se ha combinado con un medido autismo respecto a las tesis segregacionistas. A pesar de todos los esfuerzos del consistorio por hacerse presente, los agravios comparativos («cada vez que he de hacer un papel, tengo que subir a Sagunto», «se gastan el dinero en Sagunto y a nosotros nos tienen abandonados», son comentarios habituales entere los vecinos del Puerto) se han solidificado tanto en el imaginario colectivo que han derivado en un muro contra el cual los consecutivos gobiernos municipales  no pueden sino tropezar. Gloria Calero, alcaldesa del PSPV en la legislatura anterior, niega que hoy el Puerto esté discriminado. «Eso fue hace tiempo. Lo que no pueden hacer los segregacionistas es basar sus argumentos en circunstancias de hace cincuenta años». De una opinión parecida es Quico Fernández, representante del Bloc y concejal de Urbanismo durante el gobierno municipal de Calero. Para él el segregacionismo es un «movimiento artificial parecido al de Unió Valenciana, que sólo quiere crispar» y que tiene «mucha capacidad de manipular». Además, SP ha contado, a parecer de Fernández, con «el silencio cobarde y cómplice de parte de la sociedad del Puerto que no quiere dividir Sagunto, pero que no les planta cara». Precisamente, fue durante el mandato de Fernández cuando se impulsó Fusión, un proyecto urbanístico previsto en el planteamiento urbanístico desde 1982 con el objetivo político claro de desacreditar el segregacionismo. Aquello que el urbanismo ha unido, que no lo separe nadie, pareces ser la divisa del ayuntamiento, sin darse cuenta de que los matrimonios de conveniencia suelen acabar en divorcios estridentes. El objetivo de Fusión era y es unir a través de la construcción de viviendas y servicios los dos núcleos de población. Una unión que los segregacionistas consideran «impuesta» y «fuera de cualquier lógica», entendiendo que crea un tipo de ciudad «que se extiende como una longaniza» de cinco kilómetros, en palabras de Jaime Goig. Portavoz de SP, Goig remarca que el movimiento del Puerto no es antisaguntino y asegura que la división beneficia a las dos poblaciones. «El municipio no funciona porque la confrontación entre los núcleos ralentiza el funcionamiento», explica. Tanto si tienen razón como si no, lo bien cierto es que las últimas elecciones su partido consiguió seis concejales, un resultado que le ha convertido en un partido bisagra dentro del ayuntamiento, cosa que atasca todavía más el tradicional y difícil equilibrio de fuerzas que ha caracterizado este consistorio, hoy gobernado en minoría por el Partido Popular. Una campaña curtida de victimismo y tintes populistas, junto con la falta de flexibilidad del gobierno municipal formado por PSPV-EU-Bloc para no caer en las trampas de los segregacionistas, propició el avance electoral. SP acaparó el voto de un amplio espectro de la población del Puerto, tradicionalmente votante de izquierda. «La gente se ha dado cuenta que no somos el demonio con cuernos», explica Goig, uno de los principales artífices  de que el segregacionismo toque hoy en la puerta de Sagunto con más fuerza que nunca.

¿Sagunto o El Puerto? ¿Primos o hermanos? ¿Saguntino o CD Acero? ¿Romanos o vikingos? ¿La Virgen del Buen Suceso o la de Begoña? ¿Dos ciudades o una sola? Es la dicotomía que hoy se plantea y que dejaría perplejo a Aníbal.

Tentativas segregacionistas

El actual intento de conseguir la segregación del Puerto de Sagunto del núcleo de Sagunto, capital del Camp de Morvedre,  ha sido precedido de cuatro intentos, ninguno de los cuales ha salido. A continuación reseñamos los diversos intentos del Puerto por conseguir su independencia:

1927.- La entidad cívica Unión Urbana reclama al Ayuntamiento de Sagunto que el Puerto pase a denominarse Puerto de Hierro y se constituya como municipio de pleno derecho. La propuesta es rechazada por el ayuntamiento y por el Ministerio de Gobernación español.

1937.- El concejal de la CNT Hipólito Delgado Ferrer plantea en un pleno municipal la segregación del Puerto, sin obtener respuesta afirmativa.

Años 50.- La lucha fratricida entre los jefes del Movimiento en Sagunto reactiva el debate sobre la segregación, después de dos décadas de silencio. La propuesta es avalada por el gobernador civil, pero Madrid  aborta el intento.

2006.- La Generalitat Valenciana rechaza  el expediente de segregación presentado po Iniciativa Porteña porque no se acredita que el Puerto sea un núcleo de población «territorialmente diferenciado».

2008.- Segregación Porteña, brazo político de la plataforma Iniciativa Porteña, presenta un nuevo expediente de segregación en el pleno del Ayuntamiento de Sagunto.

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