Por José Mª Piró Rodríguez

Ante las acusaciones que se nos hace a los segregacionistas de utilizar el victimismo como argucia para captar el apoyo de los electores y tratarnos despectivamente, tal como si fuéramos unos indolentes que callejean pidiendo dádivas. Lo mejor que se puede hacer, es reflexionar al respecto y averiguar quiénes son, realmente, los que utilizan de manera perversa el victimismo, para confundir a la gente y obstaculizar la labor de un movimiento ciudadano, cuyo fin es asumir y defender la herencia sociocultural que ha recibido de las generaciones que les precedieron y que, en definitiva, son los valores simbólicos de un pueblo, fraguado en sucesos prósperos y adversos. Esto explica que los porteños, tengamos un fuerte arraigo a nuestra condición de ciudadanos de su propio pueblo y la convicción de estar en posesión de los derechos de ciudadanía que nos corresponde; pese a que de manera sistemática nos son rechazados. Esta permanente lucha cívica, ha hecho que el porteño se distinga por un talante reivindicativo y esto, en modo alguno, se puede equiparar al victimismo.

Sabemos que la palabra «victima» define a la persona que sufre un daño personal, por causa ajena o fortuita y que «victimista», es aquél que sin serlo, adopta la posición de la victima e infringe daño o perjuicio a otros. Estas definiciones pueden resultar confusas; sin embargo, no tengo la menor duda que a poco que se utilice el razonamiento y se traslade esta filosofía al ámbito local: aclarará quién es la víctima y quién el victimista. Aquí no se trata de criminalizar a la clase política, lo único que se pretende, es desenmascarar aquellos que no dudan en trasgredir los cánones morales y utilizan el infundio, para desacreditar y socavar la moral de SP y, de paso, tratar rebañar algún que otro voto. Tal vez, estas personas, actúan inducidos por un síndrome de frustración, debido a no haber alcanzado el apoyo electoral que habían pensado lograr y ante esta decepción, en lugar de practicar el sano ejercicio democrático de la autocrítica, para reconocer sus propios errores y hacer un propósito de enmienda, no se le ocurren otra cosa, que recurrir al vulgar subterfugio de acusar a otros del victimismo que ellos practican.

Mención aparte merece el «victimario», según algunas fuentes lo define a semejanza del victimista, pero causante de daños de mayor gravedad. Otros, como el diccionario de la RAE, nos dice que: «Eran los sirvientes de los antiguos sacerdotes gentiles, que encendían el fuego, ataban a las victimas al ara y las sujetaba en el acto del sacrificio». Hoy, ya no existen este tipo de sacerdotes y rituales; pero atar y sacrificar a las victimas de una manera más sofisticada, sigue tan vigente como en aquél tiempo. Tanto es así, que la misma fuente de información, lo define como «halcones gentiles», que en el ámbito político, «son los partidos de medidas intransigentes y del recurso a la fuerza para solucionar un conflicto». De las consecuencias de esta forma de proceder, los porteños, como diría un castizo, estamos sobraos. Ya que, como ciudadanos estamos excluidos de la concepción social del Derecho. Personalmente, tengo que decir que, tras treinta años luchando y sufriendo las consecuencias de los denominados «gentiles», me considero acreditado para afirmar que haberlos haylos y dan pie para hacer una copla de ciego y divulgarla por los pueblos.

Si bien, no es posible recoger en este escrito, todas las decisiones sectarias que se han tomado sin respetar la normativa establecida al respecto. Confío en la memoria de la gente y sé, que a poco que se avive, acudirán los recuerdos de todas las vicisitudes que ha tenido que superar este pueblo, hasta lograr la situación social que tenemos en estos momentos. No obstante, sin olvidar las reconversiones minero-siderúrgica, no está de más, recordar algún caso concreto en que su resolución prevaleció la influencia caciquil. En primer lugar, como prototipo del victimismo, tenemos el caso ocurrido en el año 1927, cuando el alcalde de Sagunto le pidió al rey Alfonso XIII, que no concediera la segregación, porque ello equivaldría a condenar para siempre a la histórica ciudad. Al parecer, con o sin intención, no tuvo en cuenta que la segregación poco o nada podía afectar al futuro de la ciudad, salvo el interés recaudatorio, ya que El Puerto, estaba iniciando su andadura histórica y Sagunto, ya tenía más de quinientos años de la suya. Un suceso semejante, se repitió con la salomónica resolución de la segregación de 1959. En esta ocasión, por expresa decisión de la Administración Central, se nombró Alcalde a una persona del Puerto y se anuló el Plan de Ordenación Urbana que permitía la construcción de viviendas al otro lado del río. En la toma de posesión del Alcalde, a la que no asistieron concejales de Sagunto, el Gobernador Civil dejó claro que bajo el régimen franquista no sería posible la segregación. En otro orden de cosas, merece la pena recordar que, por una perversión de la Ley Electoral Municipal, Sagunto, tenía asignado un número de concejales que representaban la mayoría en el Ayuntamiento. Mientras que El Puerto, se quedaba con una representación minoritaria (de esto ya hablaremos más adelante) Y para concluir este breve resumen, cómo olvidar la permanente amenaza de la Demarcación de Costas, sobre nuestra playa.

Usando la suposición lógica, me hace pensar que si el esfuerzo que se ha venido realizado durante años, para evitar la segregación; se hubiera empleado para reconocer el hecho natural de que El Puerto existe, así como sus necesidades de servicios urbanos, sanitarios, culturales y se hubiera dispensado un trato de igualdad a los porteños, por parte del Ayuntamiento. La segregación, ya hace años que estaría aprobada; si bien, en este caso, la solicitud procedería desde el mismo Sagunto.

Pese a todo, nosotros como dice el torero José Tomas, antes me cogerá el toro que daré un paso atrás o tal vez, hagamos nuestra la sentencia de George Bernad, escritor irlandés: «Si has construido un castillo en el aire, no has perdido el tiempo, es allí donde debe estar. Ahora debes construir los cimientos debajo de él».